Todo el día tomamos decisiones. Desde el punto de la mañana estamos con ello: ¿Me levanto ya o le doy al botón de alarma dentro de diez minutos? Posiblemente esa sea la primera decisión consciente que tomemos, a no ser que te levantes por otras necesidades fisiológicas que puede suceder, o porque alguien te esté levantando. ¿Qué desayunas? ¿Qué ropa te pones? ¿Voy por este camino u otro? Son decisiones mínimas, sencillas de tomar y a veces tan rutinarias que ya ni siquiera son decisiones. Bueno, y ya sabemos de aquellos que para no perder el tiempo en tomar algunas de estas decisiones han decidido tener 10 pantalones y 10 camisas iguales… cosa que siempre me ha dado cierta envidia pero que domésticamente no acabamos de ver igual.

Existen también aquellas decisiones que creemos son clave en algunos momentos de nuestra vida. Escoger entre ciencias o letras; una carrera u otra; dejar o no dejar un trabajo… Creemos que dichas decisiones nos pueden cambiar la vida (de hecho lo hacen) y por ello pensamos mucho en ellas, les damos varias vueltas, las consultamos con la almohada, pedimos la opinión a familiares y amigos, vemos las decisiones que han tomado otros, hacemos columnas de pros y contras… Es lógico. Aunque luego resulte que las sendas que traza la vida nos lleven por otros derroteros.

Poniéndome en primera persona, recuerdo perfectamente la elección entre irme a San Sebastián a estudiar informática cuando ya llevábamos dos semanas de primer curso de carrera o seguir con la carrera de Economía en el campus de la UPNA. Y de eso ya hace unos cuantos años… Pero más cercanas en el tiempo es el último cambio dentro del Banco, que fue una decisión personal y proactiva; o incluso todavía más reciente, salir de la misma entidad para dar el salto a nuestro proyecto STEP para PyMEs.

Este artícula no entra a valorar si las decisiones que tomamos en el pasado fueron buenas o malas («A cojón pasado, toro seguro» me dijeron hace poco en una reunión). Se tomaron con toda la información disponible en su momento y, por lo tanto, fueron perfectamente tomadas, independientemente de los resultados de cada una de ellas. Esto no significa que todos hubieran decidido lo mismo que nosotros decidimos, pues en los factores para la toma de una decisión entran muchos valores personales y muchas experiencias propias que hacen que la balanza se vaya para un lado o para otro. Pero vaya por delante decir que decisiones bien tomadas (analizando los datos, los pros y los contras de forma realista) nunca son malas.

Pero si me parece curioso con que facilidad llegamos a tomar decisiones que nosotros consideramos insignificantes y que nos pueden cambiar la vida. Y no estoy hablando de que el día que decidiste cambiar de camino al trabajo tuviste un accidente, que es algo fortuito. Sino de decisiones que tomas como si fueran una más y, pasado el tiempo, ves como han marcado toda tu vida. Yo siempre pienso en el mismo ejemplo que además tengo reciente, tras la visita de los alumnos del Máster de Banca y Mercados Financieros de SANFI y la Universidad de Cantabria a Madrid y el encuentro con los antiguos alumnos. Allí Belén, que hace 25 años empezaba como Maestra y ahora es la directora del mismo, me preguntaba «¿Qué ha supesto para tí el Máster?». Y yo tuve que decirlo… para mí lo ha supuesto todo. El Máster me dio la posibilidad de entrar en Santander, donde he estado trabajando durante 20 años, donde crecí de técnico raso a director, y donde conocí a los socios que después fundamos STEP. Prefesionalmente ya veis que lo ha sido todo. Pero es que además allí durante el curso, además de trabajar mucho,  conocí a quien hoy es mi mujer y madre de nuestro hijo. Así que personalmente… el Máster me cambió la vida. Quien sabe si hoy estaría escribiendo estas líneas de no ser por aquello.

Pero lo más gracioso de todo es como se inicia el proceso de decisión de estudiar dicho Máster. Un 14 de Julio, aún de mañana, todavía vivas las fiestas de San Fermín, mi padre abría la puerta y me dejaba un anuncio de trabajo para escribir cuando se me pasara la resaca. Y como cuando me levanté no había otra cosa que hacer, pues le hice caso y mandé mi CV. Dicho envío dio paso a una entrevista telefónica, una dinámica de grupos en Madrid y otra entrevista más y el aviso de que me habían aceptado en el mismo. Allí es cuando empezó mi proceso consciente de decisión pues chocaba con mis estudios de Doctorado e implicaba irse de casa para estudiar un año fuera. Ya sabemos cual fue l decisión, pero es cierto que todo viene de una decisión previa y totalmente inconsciente sobre su relevancia en mi vida futura. Fue una decisión tomada en milisegundos, a una edad donde uno puede pasar de todo lo que le diga su padre y sin embargo ha sido una de las más importantes de mi vida.

Tampoco este es el artículo para valorar las casualidades que trazan tu vida y en las que tú ni siquiera puedes elegir. Se lo decía yo este verano a una pareja cuyo hijo nació 2 meses antes de la fecha prevista los últimos días de diciembre de un año… SI todo hubiera ido según lo previsto, su hijo no iría a clase con el mío porque hubieran estado en cursos diferentes y lo más probable es que ni siquiera nos conociéramos, más allá de vernos a la salida del colegio con profesores distintos, compañeros distintos y amigos distintos.

Acabando que es gerundio. Personalmente seguiré tomando las decisiones importantes del mismo modo, reflexionándolas, preguntando, meditando, rumiando y pensando mucho en ellas. Sólo así sabré que he tomado una buena decisión. Pero también tengo muy claro que muchas decisiones que para mí pasen inadvertidas marcarán del mismo modo mi futuro y también el de los que me rodean. Nos leemos.

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