Desde hace varios años imparto clases en muy diversos temas. Lo de ser formador, instructor o profesor (como quieras llamarle) siempre me ha gustado y creo que es mi Ikigai. Cuando comencé, lo hice fuera de mi campo profesional y cometí el error de aceptar encargos que estaban lejos de mis campos de conocimiento. De aquél error aprendí y desde entonces mis sesiones sólo se adecúan a los temas que, por mi carrera profesional o mis aficiones, puedo controlar. Cuadros de mando, KPI’s, Power BI o presentaciones eficaces son los principales temas que imparto en distintas escuelas de negocio o empresas. Con estos temas me siento confortable no sólo durante las formaciones sino también durante su preparación. Por este motivo no me importa ser muy exigente conmigo mismo en la preparación de las sesiones, buscando materiales para las mismas y ensayando o visualizando la propia acción formativa.
Autoexigencia
Hay varias de estas sesiones que son similares entre centros y año tras año, pero nunca he llevado dos veces la misma presentación. Siempre hay modificaciones, ampliaciones o adpataciones, que dependen del objetivo del programa al que pertenecen las asignaturas, el nivel de los alumnos o la experiencia de ediciones pasadas. Digamos que yo me lo exijo personalmente. De hecho, al ser presentaciones recurrentes, cualquier artículo o información que veo ya sea en twitter, en blogs, en LinkedIn o donde sea, se guarda para ver si es susceptible de ser incorporada en siguientes sesiones. Es un procedimiento de mejora continua.
Evaluaciones
Pero… ¿estará siendo mi nivel de exigencia el adecuado? Por eso siempre pido las valoraciones que los alumnos hacen de las sesiones. Es información increíblemente valiosa para seguir aprendiendo, cambiando y mejorando. Mi primer trabajo fue en Calidad en una entida financiera. Seguíamos las encuentas de clientes sobre el servicio ofrecido por aquél entonces, principalmente, en las sucursales. Lo que ahora se ha puesto de moda (decirlo, que no hacerlo) del cliente en el centro, a mi me lo enseñaron los clientes en primera persona. Parece mentira como aciertan en las cosas que van bien o mal. Pues para mis formaciones, lo mismo. Son los usuarios, los alumnos, los que me dicen donde están los puntos de mejora de las sesiones.
La experiencia en 2024
Este año, he acabado el trimestre muy activo en temas de formación y he de reconocer que de la última de todas no salí especialmente contento. Os pongo en antecedentes. Son dos sesiones, on-line, de tres horas, de 18 a 21 horas sobre temas de KPIs, Cuadros de mando, toma de decisiones… Es el tercer año que doy este par de videoconferencias, bastante bien valoradas los dos años anteriores. Preparando la asigntaura, recibo el listado de alumnos y los busco en LinkedIn. Siempre que puedo lo hago, porque el perfil y la experiencia profesional son variables muy importantes para entender el nivel de las personas en la materia. Y este año, el perfil de los alumnos era alto/muy alto, más aún para un enfoque introductorio que tienen mis sesiones en la asignatura. ¿Qué haces ante algo así?
Primero adaptas parte de la explicación. Lo que para un grupo sin conocimientos previos puede tomarte 25 minutos de explicación, para un grupo con experiencia puede ser visto en 5 minutos. Es más, cuando (como este año) te encuentras con algún alumno que puede saber más que tu de un tema específico, entonces los haces partícipes de la explicación. Su experiencia en primera persona puede ser más válida que una explicación teórica por parte del formador. En general, debes elevar el nivel de la charla, debes adptarla a tu audiencia para que sea útil para todos ellos.
Después de la primera sesión salí enfadado conmigo mismo. Notaba que no había conseguido conectar con todos y que había cosas que para ellos eran redundantes. Así que a la segunda sesión, una semana más tarde, le dí un verdadero repaso, una vuelta entera, subiéndole el nivel. Aquello no era un lavado de cara, una adpatación, era realmente una nueva versión del contenido. Y la sesión no fue mal, se notó que habíamos mejorado. Y a pesar de todo, mi satisfacción no fue plena.
Excelencia y mejora continua
Ha pasado más de un mes desde aquellas dos formaciones. Y he recibido los cuestionarios de calidad de los alumnos. Las buenas noticias son que las valoraciones siguen siendo muy altas (pero han bajado respecto a otros años), siguen por encima de la media de la asignatura y del conjunto de profesores. Las mejores noticias son que todas mis apreciaciones vienen en los aspectos cualitivos que indican los alumnos, luego mis percepciones durante la sesión siguen siendo válidas. El nivel de la materia, la participación de los alumnos como «ponentes» de algún tema, la diferencia entre la primera y la segunda sesión… todo ello me lleva a una conclusión, hay que seguir siendo autoexigente y continuar mejorando materiales y métodos. Continuar buscando la excelencia como hábito para conseguir resultados positivos.
¿Y vosotros buscáis la excelencia en aquello que hacéis?

Como formador, me identifico plenamente con la búsqueda de la excelencia en cada sesión que imparto. La autoexigencia que mencionas resuena en mí, ya que creo firmemente que cada experiencia de aprendizaje debe ser única y enriquecedora. La adaptación del contenido según el perfil de los alumnos es clave; me esfuerzo por conectar con ellos y aprovechar su experiencia para enriquecer la formación. Aunque a veces no me sienta completamente satisfecho, valoro enormemente las evaluaciones de los alumnos, ya que son una fuente invaluable de retroalimentación. Me motiva saber que, a pesar de las dificultades, mis esfuerzos por mejorar continuamente están dando frutos. La búsqueda de la excelencia no es solo un objetivo, sino un compromiso que me impulsa a seguir creciendo y aprendiendo en mi labor como educador.